Un terrícola extraterrestre: Memorias de una farsa.
Antes de pasar al vídeo hecho con IA de la primera vez que conocí a Iñaki, considero importante poner en contexto y recuperar una pequeña parte de lo que escribí en unos folios a modo de memorias y que regalé a Iñaki después de los primeros años de relación.
Al poco de conocer a Iñaki, me dio por escribir una especie de libro de memorias. Lo mecanografié a máquina de escribir en mis cortos ratos libres en la oficina y lo terminé tres años después, en 1999, para regalárselo. Lo titulé "Un terrícola extraterrestre". En él contaba mi vida desde que tuve uso de razón; es decir, desde que era un niño hasta que conocí a Iñaki. Al echarle una ojeada recientemente, me he dado cuenta de que no recordaba muchas de las cosas que describía.
No he querido seguir leyendo porque he llegado a la conclusión de que nunca fui feliz. El libro estaba lleno de neuras, complejos, insatisfacciones, decepciones, frustraciones y mil aventuras —muchas de ellas desagradables— que no me apetece mencionar. Tuvo que aparecer Iñaki en mi vida para darme cuenta de que había vivido en una auténtica farsa, siendo un fraude sobre todo para mí mismo. No culpo a nadie, solo a mí por gilipollas; igual hasta me lo merecía. Pero, para ser justo, también tuve épocas de felicidad que no supe valorar por el lastre que cargaba a mis espaldas.
Hubo una época que me marcó sobremanera y no quiero dejarla de lado: mi paso por el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle, en el convento de Santa María de Bugedo de Candepajares. Era lo más parecido a una secta. Mucho temor de Dios, rezos, sacrificios tontos, misas, horas de retiro espiritual, celibato y rosarios, farsas, teatro, paripé... Muchas humillaciones, amenazas de expulsión, mucho malnacido, golpes, hipocresía y falsedad.
Allí dentro no se percibía a Dios por ningún sitio. Si acaso, se sentía los sábados cuando tocaba paseo o fútbol; yo siempre elegía el paseo y allí aprendí a amar la naturaleza. Tal vez sea de las pocas cosas positivas que saqué en limpio, y sobre todo y ante todo, por la amistad con un compañero con el que hacía pesas (usando latas rellenas de cemento). Nos metíamos mano "hasta en el carné de identidad" con la tontería de "mira qué músculos" hasta que la cosa llegó a más. En un convento tan grande era muy fácil esconderse. Fue mi primer amor, aunque yo no lo sabía porque no era consciente de ello. Con el paso de los años es cuando me di cuenta.
Ni siquiera a mis mejores amigos llegué a contarles jamás lo que ahora describo.
Tratar temas como el sexo —y sobre todo la homosexualidad— era tabú. La palabra "invertido" me resultaba terrorífica. En las escasas charlas que escuché sobre el tema, recuerdo que mi amigo y yo nos mirábamos y nos poníamos rojos como tomates. Muchas de las expulsiones eran precisamente por esa causa. No sé cómo me libré; tal vez porque aprendí a ser hipócrita. Tuve buenos maestros. O tal vez por otras razones...
Mi "amigo" y yo siempre nos colocábamos cerca uno del otro en los pupitres. De vez en cuando solía llevar unos pantalones cortos de cuero marrón desgastados que me daban mucho morbo y, cuando había ocasión, le metía mano disimuladamente por donde podía, pero era recíproco.
Entre clase y clase cuchicheábamos bajito y no prestábamos atención. Un día no nos dimos cuenta de que el Hermano "profesor", que solía salir un rato entre clase y clase, aún seguía en el aula. Se me acercó sigilosamente, sin percatarme de que lo tenía detrás. Me dio un ostión con la mano abierta que me dejó noqueado. Sentí un dolor inmenso en el oído, en la cabeza y en el carrillo. Todo me daba vueltas. Solo escuchaba un pitido muy agudo que me dejó sordo y sangraba algo por la oreja.
El pedazo hijo de puta se asustó y me acompañó a un fraile médico por si me había roto el tímpano. Por fortuna no fue así, pero me hicieron un seguimiento de varios días porque no oía un pimiento, solo un pitido doloroso constante durante casi una semana que no me dejaba dormir. Fue un calvario. La cosa les debió de parecer muy grave, porque transcurridas un par de semanas
dejó de dar clases en Bugedo y, por lo que me enteré, le destinaron a
otro sitio, creo que a Salamanca.
No entendía su reacción, porque siempre había sido su "enchufao" de clase y era notorio entre los aspirantes. Era muy buen estudiante, la verdad, y estaba entre los cinco primeros de clase de los más de treinta alumnos. Jamás me habían puesto la mano encima, ni siquiera mis padres ante hechos más graves. Cierto que vi algún borrador de madera "volar".
Pero lo peor estaba por llegar. Ignoro si fue casualidad o causalidad. El caso es que a mi amigo del alma le notificaron la expulsión unas semanas después de lo sucedido. Tal vez tuvo algo que ver con que su rendimiento escolar no fuera de los mejores. De hecho, coincidimos en clase porque él estaba repitiendo curso. O tal vez, tampoco le ayudó que días después del incidente se encarara con el Hermano del bofetón para reprocharle su actitud, porque mi amigo era muy echado para adelante y decía las cosas claras a todos.
El día en que le notificaron la expulsión a mi amigo era un sábado que tocaba paseo por el monte. Al día siguiente vendrían a recogerle sus padres. A pesar de que ya no tenía "obligación" de acudir al paseo, me acompañó en el último viaje juntos a los Picos de Cellorigo que tanto nos gustaban y me lo contó. Tuvimos que separarnos del grupo principal porque me puse a llorar como un niño (quizás lo era) y no quería seguir. La subida se me hizo muy dura en todos los sentidos. Se apoderó de nosotros el silencio más estrepitoso que uno pueda imaginar. Cuando estábamos en el buzón de la peña, me cogió del hombro y me dio un abrazo tan fuerte como lo era él y entonces se rompió en lágrimas. Los compañeros que estaban con nosotros subidos a la peña no entendían nada de lo que pasaba.
El domingo, cuando vinieron a recogerle sus padres, no quise estar para despedirme porque sabía lo que me iba a pasar. Me senté en un banco del patio interior del Convento y entre las rejas del portón le vi que miraba por si yo aparecía para despedirle. Pero no pude porque no hubiera podido aguantar la pena. Estaba convencido que todo había sido por mi culpa.
Pensé que sería el siguiente en ser expulsado pero no fue así. He querido buscar una explicación pero me salen varias hipótesis. Durante mucho tiempo me sentí tremendamente solo a pesar de estar rodeado de compañeros, por decirlo de una manera fina. Tuve que aguantar risitas o frases como: "te has quedado sin guardaespaldas", "dónde está tu querido", "marica", "invertido"... sobre todo de un aspirante que me tenía una manía enfermiza y no entendí nunca el porqué.
Todo ello me lo tuve que comer con patatas. Lo sabía todo dios. Hubo noches en que me apretaba la almohada a la cara para que no se me notara llorar amargamente, a moco tendido. Lo eché mucho de menos y lo pasé muy mal. Era muy tímido. Con él me sentía seguro si se metían conmigo y disfrutábamos mucho el uno del otro a escondidas. Nos amábamos ¡ostras!. Era lo único verdaderamente auténtico. Todo lo demás me pareció basura, una farsa, un puto teatro, un paripé, pero aguanté. Aún me pregunto cómo pude conseguirlo.
Casi seis años de mi vida transcurrieron en esa especie de "secta", primero en Bugedo y después en Arcas Reales de Valladolid, donde finalmente pasé de todo y de todos y me expulsaron. Las secuelas sicológicas que padecí después, a punto estuvieron de acabar con mi vida. Suena duro decirlo, pero fue real y no me apetece entrar en detalles.
Cuando regresé a casa de mis padres quise "ligar" con chicas y probarme a mi mismo que lo sucedido en el convento fue agua pasada y meramente circunstancial. Llegué a salir con una chica maja y fue una experiencia desastrosa. Cuando la situación se puso "tierna" no sentía deseo alguno y salí del mal trago pensando en los buenos momentos que pasé con (ahora sí) el que fuera mi primer amor en el colegio. Fue un puto desastre y lo dejamos. Mi cabeza me estallaba de impotencia y frustración. Me sentía un "terrícola extraterrestre".
Dando un salto en el tiempo de unos doce años transcurridos desde aquella "denostada época bugedana", donde se sucedieron muchas aventuras locas, un buen día me puse a investigar el paradero del que fuera mi primer amor. Sabía el nombre, sus dos apellidos y que había nacido en Barakaldo. No fue tan difícil encontrar un número de teléfono a través del cual di con él. En el siguiente video, con algún que otro "flashforward" de esta época que tanto me marcó, lo muestro, ayudado por la IA en base a diversas fotos en blanco y negro convertidas a color.
Siento mucho la chapa, pero "si no lo cuento, reviento". Necesitaba echar lastre. Punto y a parte.
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Siempre advierto que el contenido del vídeo que sigue puede herir sensibilidades. Luego no digáis que no os lo advertí. Domar la IA para que el resultado sea lo más acertado a la realidad es muy difícil. Lleva mucho tiempo concatenar secuencias de seis segundos con el último fotograma ya que la IA, al hacer otra secuencia de seis segundos, pierde la memoria de los rostros de los personajes y por mucho que se intente describir en el prompt las facciones del rostro, resulta casi imposible. Incluso llegué a chatear con con la IA para que tuviera siempre de referencia los rostros reales y de momento parece que no es factible. Tampoco anda muy fina a la hora de matizar si era un poco más bajo, o si el era menos alto. Esto sucede normalmente cuando se generan segundas o terceras secuencias porque se desmadra al perder la primera referencia, que es la buena. No tiene al parecer término medio. Las proporciones han sido bastante disparatadas y ha sido uno de los problemas que he tenido que pulir, en muchos casos, sin conseguir lo que yo quería. Por estas razones hay que considerar que los vídeos son "meramente orientativos y no demostrativos". Una de las frases típicas que utilizábamos en cierto tipo de documentos cuando ciertos datos anexos podrían variar según factores externos.
Por otra parte la legislación vigente con respecto a generación de vídeos demasiado "explícitos" es muy rigurosa y chapa muchas secuencias, pero es mucho más riguroso con temas LGTBI (reconocido por la IA). No obstante hay que saber engañarla y no usar ciertas palabras porque directamente lo censura. Un beso entre dos hombres con el torso desnudo ya es un hándicap cuando escribes simplemente "que se den un abrazo y un un beso". Pero, lo realmente anacrónico es que si dejas a la IA que genere el vídeo "por defecto" es decir, él solito sin ningún prompt va la "tIA" y lo hace. Absurdeces. He llegado a la conclusión que la IA no es tan inteligente como parece, al menos en el caso de los vídeos generados en base a fotos.
Así que entenderéis lo complicado que resulta hacer un vídeo de seis minutos.
El vídeo está subido a Youtube "en oculto" "no listado" para evitar problemas y solo es visible desde este blog. No me importa que solo lo vean cuatro gatos porque todo esto lo considero una "autoterapia" y como dije no hace mucho tiempo, una auténtica limpieza de karma y una reconciliación conmigo mismo.

Miguel, tu testimonio es vital, en todos los sentidos de la palabra. Y sanador. Un abrazo
ResponderEliminarMiguel Ángel, gracias por abrir el alma de esa manera.
ResponderEliminarTu relato duele, pero también ilumina; hay mucha verdad y mucha valentía en lo que compartes.
Sanar no es olvidar, es reconciliarse… y tú lo estás haciendo.
Un abrazo grande y sincero.
Muchas gracias Fernando. Quizás ahora entiendas muchas cosas.
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